23 feb 2014
18 feb 2014
El interés por si mismo —egoísmo— nos lleva a mostrar empatía toda vez esta nos impulse a lograr metas puramente personales y de beneficio propio, un enfoque en productividad y eficiencia personal en donde el fin justifica los medios y el camino puede estar tachonado y pavimentado de aquel que hoce cruzarse sin saber con quien.
El interés por los otros —altruismo— donde el método aparentemente correcto, quizá mucho más complicado si consideramos el sin fin de variables que se pueden presentar, es velar por llenar nuestra vida a través del bienestar y felicidad de otros; donde, si es necesario, esperando no caer en el masoquismo autoinfligido, se está dispuesto a ser ese camino pavimentado en donde otros puedan alcanzar sus metas —que a diferencia del anterior se hace de forma voluntaria y amena.
¿Qué camino elegir? Y ahí está el meollo del asunto, pues el camino se escoge conforme a muchos factores que rodean al ser mientras crece, que si bien en algún punto se tiene la posibilidad de cambiar la perspectiva, se crece con la idea que cómo hemos sido siempre es cómo se debe ser y ya.
Así que en su momento lo que parece ser —para otros al menos— una elección caprichosa de actuar es, para todas intenciones y propósitos, como nos define en arquetipos que mueven la dinámica entre nosotros y el resto del mundo.
¿Qué sos? El pilar que soporta al mundo o la aplanadora que lo amolda a su gusto.
24 dic 2013
3 dic 2013
15 nov 2013
Una de esas lecciones que se aprenden probablemente a las malas -o nunca se tuvo la necesidad de aprender porque se nace con ello- es el darse la oportunidad de ser egoístas.
Suena extraño, lo sé, pero en reiteradas ocasiones ya he notado que muchas personas -su servidor incluido- tiene ese complejo de mártir tan enraizado en su forma de ser qué, con el afán de que otros estén bien, sean felices y no tengan pena alguna, están dispuestos a sacrificar una fracción (o una enormidad) de su felicidad propia.
No me malentiendan, no considero que eso sea una característica mala per se, pero en ocasiones si estoy totalmente convencido de que es necesario dejar de lado ese sacrifico y ser egoísta con nuestra felicidad. Renunciar a ella en pro de otros es algo loable, virtuoso y no libre de un porcentaje de sentimentalismo, pero asimismo es algo que puede convertirse en un elemento autodestructivo.
Pues, aun cuando los extremos son dañinos en toda circunstancia en la media en la que el martirio extremo es masoquismo en su máxima expresión -además de rara vez agradecido, pero esa nunca debería ser la motivación personal detrás del sacrificio-, el egoísmo absoluto lleva al propio aislamiento de aquellos que te rodean -de forma explícita y voluntaria como involuntaria por igual.
Es entonces que se propone la idoneidad de saber reconocer en que circunstancias se debe estar dispuesto a darlo todo y más por aquellos que uno quiere, aprecia o importan y cuando relocalizar esa importancia hacia adentro, hacia uno mismo.
